Los pechugones, un dulce típico de El Viso del Alcor, tienen cerca de 150 años. Su fórmula, un bizcocho relleno de cidra y canela recubierto de yema y azúcar se mantiene inalterable desde finales del siglo XIX en la confitería Riaño

 

“Su creadora fue nuestra tía Salud Sánchez, allá por finales del siglo XIX. Aunque al ser un producto tan antiquísimo no conocemos el porqué de ese nombre tan original” Así relatan Rosa y Pilar Ponce García, actuales gerentes de la confitería Riaño, el origen del que es el dulce autóctono más popular y antiguo del Viso del Alcor: el pechugón. Una elaboración que nació entre las paredes de este histórico obrador entorno a 1875. Fue entonces cuando el bisabuelo de las hermanas Ponce, Carlos Riaño Méndez, fundó el establecimiento en el número 43 de la calle Rosario rescatando las recetas de su tía abuela Salud. Entre ellas la de los pechugones. Un legado gastronómico que la familia Riaño ha respetado a lo largo del tiempo. Hasta el punto de seguir elaborando estos dulces de idéntica manera hasta el día de hoy. “El pechugón ya tiene 147 años y los hacemos con los mismos ingredientes y utensilios que por aquel entonces”, sentencia Rosa, mientras su hermana Pilar asiente sonriente. Ambas intercambian una mirada de satisfacción.

Los pechugones nacieron a finales del siglo XIX gracias a una receta de Pura Sánchez, tía abuela de Carlos Riaño. Foto: CosasDeComé

Los pechugones nacieron a finales del siglo XIX y se desconoce el origen de su singular nombre. Foto: CosasDeComé

Y no es para menos. Este dulce de forma triangular y color dorado se encuentra fuertemente arraigado a la identidad visueña. Las hermanas Ponce García desconocen si se debe al mimo de su elaboración, cien por cien artesanal. Quizás sea por la esponjosidad de sus capas de bizcocho, en armonía con el interior de cidra y canela. O, tal vez, a la cobertura final de yema y azúcar. “Todo influye. Sobre todo el cariño con el que se prepara y algún que otro secretito que no se puede desvelar”. Sea de una forma u otra, la devoción del Viso por sus pechugones es tal que la producción solo ha cesado en dos momentos históricos y por cierre de la confitería: durante un periodo de la guerra civil, debido a la escasez de azúcar, y en los meses del confinamiento por el coronavirus. “Siempre han tenido una gran demanda. Y no solo entre los visueños. El rey Alfonso XIII se los pedía a un vecino del Viso durante sus monterías en Doñana y en la actualidad algunos actores, políticos y futbolistas de distintos puntos de España también los encargan”, confiesa Rosa Ponce, recelosa de desvelar la identidad de sus clientes más populares.

Porque Rosa y Pilar no suelen alardear de sus logros profesionales. Sienten a la confitería Riaño y a su pechugones casi como una extensión de sí mismas. De su hogar. No en vano, las representantes de la sexta generación de la familia Riaño crecieron en las habitaciones contiguas al obrador de la calle Rosario, donde su madre, Manolita García Riaño, vivía con su madre y tíos. “Después de la guerra civil, nuestra abuela Manolita y sus hermanos, Carlos y Rosario, se hicieron cargo del negocio. Nosotras nos criamos con ellos, entre dulces, charlas y cafés”, relata Pilar. En casa de los Riaño era costumbre preparar café aguado con un chorreón de anís . Según rememoran las hermanas, siempre que entraba un cliente en la confitería se le invitaba a tomar un vasito en la trastienda, pechugones y pastas en mano, mientras se disfrutaba de una animada conversación.

El pechugón se elabora de manera artesanal y no contiene gluten ni lactosa. Foto: CosasDeComé

El pechugón se elabora de manera artesanal y no contiene gluten, lactosa ni aditivos. Foto: CosasDeComé

Y no importaba que la tertulia se alargara. Los pechugones siempre se han mantenido sin necesidad de recurrir al frío, por lo que se prestaban a estos momentos de distensión entre vecinos. “El dulce está protegido por una capa de azúcar, que era el método de conservación de este tipo de productos en el siglo XIX”, aclaran las gerentes de la confitería Riaño

Rosario Riaño en el primigenio despacho de la confitería, sede de tertulias, cafés y pechugones. Foto cedida por el establecimiento

Rosario Riaño en el primigenio despacho de la confitería, sede de tertulias, cafés y pechugones. Foto cedida por el establecimiento

Además de por esta capa protectora, existe otros factores que han permitido que el pechugón visueño resista con soltura al paso del tiempo. Rosa y Pilar Ponce destacan “su sabor, que tanto recuerda a los pasteles de antaño y que nunca pasa de moda”. También conquista por la ausencia de gluten, lactosa y aditivos en su elaboración que lo hace apto para el público con intolerancias alimenticias. Una característica que comparte con otros dulces que la familia Riaño heredó en su día del recetario de la tía Salud: pastas de almendra, suspiros de merengue, cocos y borrachos, que también preparan desde finales del siglo XIX.

Porque no solo del pechugón vive la Confitería Riaño. Casi coincidiendo con su mudanza en los años noventa a un despacho contiguo en la misma calle Rosario, las hermanas Ponce se hicieron con el obrador y recuperaron una receta antigua de magdalenas caseras. Las preparan en planchas y de tres tipos: chocolate, azúcar y canela, y borrachas.  Su producción ha resultado tan exitosa que en la actualidad comparten protagonismo con los pechugones en las vitrinas de la tienda. Las gerentes de Riaño confiesan que los encargos de ambos productos son constantes. Las cajas de unos y otras se apilan sin tregua sobre los mostradores del local. “Estamos encantadas con los dos. Pero a los pechugones les tenemos un cariño especial. Son parte de la historia viva del Viso y de siete generaciones de nuestra familia, que se dicen pronto”, concluyen las hermanas Ponce.

El famoso triángulo dorado visueño se cotiza a 1,50 euros la unidad. También se vende por docenas al precio de 18 euros.

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