Crónica de una cena glamurosa en Maquiavelo, el restaurante de moda en Sevilla…incluye el baile de la servilleta

 

Unas llamaradas de fuego decoran la entrada de Maquiavelo. La escena recuerda un poco al programa Supervivientes de Telecinco. Una mujer joven vestida de negro, traje largo y mú bien peiná te recibe en la puerta con un ordenador. A su lado más gente de negro. La mujer vestida de oscuro comprueba que estás en la lista e indica a otra que te acompañe hasta la mesa. Hicimos la reserva a principios de agosto…y no encontramos mesa hasta septiembre. Maquiavelo, sin duda, es el sitio de moda en Sevilla.

Llevo un pantaloncito largo beige y camisa color melocotón maduro. Cuando haces la reserva te advierten que tienes que tener 18 años y que si eres maromo no puedes acudir al sitio con pantalón corto…no puedes enseñar los muslos. Le enseñanza de muslos si está permitida para las mujeres. Ni si quiera valoran que te depiles lo que es los alrededores del femur.

El sentido de la vista no para de recibir impulsos. Pasas por un pasillo recubierto de bombillitas blancas y accedes a una especie de vergel, como una isla del Caribe, pero al lado del Guadalquivir y con vistas a los altos edificios de Los Remedios. Un señor corta jamón atocinado que sirven a 25 euros la tirada con unas regañás italianas que se lleman «Carasatu».  Al lado un expositor de ostras francesas. La cocina, abierta, está prudentemente tapada con dos grandes lonas negras. Hay varios mostradores con botellas para bebidas largas estrategicamente iluminados. El sitio está lleno: tanto una zona parcialmente cubierta donde nos colocan como un gran patio que hay en torno a una piscina con un piano enmedio.

A la mesa se acerca un señor vestido de negro. Dice que se llama Santos y que será nuestro camarero durante la cena. Lleva mascarilla a juego y un micrófono y un auricular colgado disimuladamente de la oreja. Más que camareros, parecen miembros del servicio secreto de Kasajistan. Cerveza y refresco para empezar…la verdad es que no soy de emociones fuertes en lo que es bebé. La espumosa llega a la mesa sin identificar, en copa y cortita de lo que es temperatura y espuma. Otro señor de negro te coloca uno minibollitos de pan que en la carta califican de «artesanos».

Santos nos recomienda algunas cosas e informa de que lo fuerte de la casa son las carnes a la brasa. La carta (verla aquí completa) no es muy amplia y se centra en sushi japonés y pescados y carnes a la brasa. Todos los platos se acercan a los 20 euros de coste y hay varios que superan los 30 como los alistados de Huelva, la lubina o el lomo alto de vaca sin hueso que sale a 42 euros el medio kilo. Para los que son de gastar, en la carta tienen también caviar japonés que sale a 130 euros los 50 gramos. Maquiavelo se define como un restaurante de alta cocina…dejémoslo en que se define.

Uno de los comedores de Maquiavelo. Foto: Cosasdecome

La música shunda, shunda está alta, como la cocina. Evidentemente el ambiente no es de comé puchero. Unas luces de colores que hay en el techo van cambiando en segundos el color de mi vistosa camisa color melocotón maduro. Empezamos por uno de los platos que triunfan en la casa, las rocas de foie. En pocos instantes te ponen en la mesa un plato cuadrado forrado como de hierba artificial, como si fuera un homenaje al Sánchez Pizjuán. Encima se sitúa una cazuelita con tostaditas de pan, otro pequeño platito con una crema fría de manzana y un plato rectángular con lo que parecen unas papas arrugás, pero en verdad es el foie disfrazado, que va oculto debajo de la aparente piel del tubérculo.

Las rocas de foie. Observese el cesped artificial sobre el que va presentadao el plato. Foto: Cosasdecome

La cosa se queda cortita de tostadas. No sé porque siempre te ponen tan poco pan para untar con los pateses y «fuases». No sé que hacer. Con tanto glamour ¿como me voy a poner un pegotón de foigrá encima de la tostada? En el restaurante que no te deja enseñar los muslos uno tiene que ser comedido y glamuroso. Al final, con disimulo, me voy comiendo con el cuchillo untador lo que queda del foie, cuando me quedo sin tostaditas para el untamiento.

Mientras unto «foigrá», la gente aplaude ¿tan bien lo hago? pero me doy cuenta de que en torno a la piscina y encima del piano unas muchachas vestidas con tules y con peinados que parecen los de las nadadoras de natación sincronizada hacen unos bailes acrobáticos. Un grupo de cenadores incluso saca los pañuelos y los mueve al viento…llenándo el cielo de Sevilla de mijitas de pan.

El segunda plato se hace más de esperar. Se define como un aguacate a la brasa con tartar de pescado acevichado. Lo que llega a la mesa es un aguacate, simplemente pelado, y partido por la mitad…alta cocina (17,50 euros). Más que pasado, tocado y poquito por la brasa.  Llega a la mesa frío y con unos lacitos de pescado sin identificar por lo alto. El fruto de moda viene acompañado con una salsera que contiene una crema que es como una mezcla de Kepchut con la salsa que se le pone por encima a los rollitos imperiales…cocina fusión.

Los aguacates con pescado acevichado. Foto: Cosasdecome

Le toca el turno a unas navajas con mojo de chile afermantado, dice la carta (19 euros, 8 ejemplares). Lo de la temperatura no es lo fuerte del restaurante y están también frías. El mojo, con un toque picante, borra el sabor marinero de las navajas que están más bien sequitas, dicho sea de paso. Una de ellas lleva dentro más o menos la arena de toda la playa de Matalascañas. Mientras nos comemos las navajas en la sala tiene lugar el «baile de las servilletas». Un hombre de negro se sitúa junto al piano y comienza a menear su servilleta como los «caoboys» de las películas de Oeste. El público le sigue enfervorecido y desde unos artilugios tecnológicos situados en los techos salen bengalas de fuego. Shunda, shunda intenso de fondo.

Las navajas. Foto: Cosasdecome

Abren el piano y dentro de él sale fuego. Me emociono…¿van a asar unas sardinitas al «doremifasol»? pero, nada. Nuevo pase de camareras de negro que reparten a los presentes un chupito de mojito y una bengala para que la enciendan en otro de los momentos culmen de la noche maquiavélica.

El momento bengalas. Foto: Cosasdecome

Algunos de los clientes se animan ya a bailar en torno a la piscina y al ritmo del chunda chunda. Mi camisa color melocotón maduro es ahora verde aguacate granadino gracias a los focos que me iluminan. Llega el plato de brasas. Nos hemos pedido una pluma ibérica a la brasa con unos «bimis» para acompañar (19.50) . Yo cuando los bisteles no van acompañados de lo que es sus buenas papas ya empiezo a temblar…y temblé con razón porque la pluma ibérica no servía ni para escribir: fría y seca y solitaria, acompañada sólo por tres esqueléticos bimis que parecía que estaban a regimen, los pobres mios.

La pluma ibérica acompañada con bimis. Foto: Cosasdecome

Nos recomiendan el postre estrella de la casa: «La Mandrágora». Viene como dentro de un libro hecho de cerámica…todo un golpe de efecto. Es un homenaje al propietario del nombre del restaurante que escribió allá por el siglo XVI una obra teatral con este nombre. Lo de dentro (10 euros) lleva avellanas y chocolates en varias texturas: Hay helado, algunos crujientes, bizcochos de esos que están ahora de moda que se hacen en el microondas y parecen esponjas de ducha y…chantatachan…petazetas.

 

Pero Maquiavelo no para de darte sorpresas. Todavía no habiamos terminado el postre y después de decirle a un hombre de negro que no queriamos tomar cócteles, nos ponen en la mesa la factura…son 97 euros la cena para dos. Afortunadamente no cobran por el baile de las servilletas…por lo demás, sí. En segundos, cuando todavía teniamos las cucharas en la mano, aparece ya también con el lector de tarjetas, como si tuvieran bulla…y por no molestar nos fuimos inmediatamente. Desconfía siempre de un restaurante donde no te dejen enseñar los muslos.

Horarios, localización, teléfono y más datos de Maquiavelo, aquí.

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